La religión, como parte de las creencias y símbolo de la cultura popular ocupa una parcela destacada en la producción de Julio Romero de Torres. Como muchos de los pintores del simbolismo fin de siglo, se interesa por temas bíblicos, por la representación de hagiográficas y por devociones locales. En su obra recurre a un compendio de iconografías planteadas de forma muy personal que se bandean entre el rigor de la tradición devocional católica y la osadía de un tratamiento fetichista y sensual casi irreverente, si bien, muy arraigado en el imaginario colectivo andaluz.
En este lienzo de 1920 se representa a una santa penitente en una cueva, con una calavera en sus manos, de cabello largo, con un vestido y un manto que la dejan semi desnuda. La espiritualidad y el erotismo conviven magistralmente en el personaje de expresión serena y realista. La iconografía que presenta se ajusta a la de la Magdalena penitente; si bien, por el personaje que aparece al fondo, puede relacionarse con Santa María Egipciaca, siendo este Zósimo de Palestina después de ofrecerle su manto a la santa en el río Jordán.
Para la representación de la protagonista utilizó como modelo a una bailarina de origen catalán llamada Minerva.
