Romero de Torres inicia esta magistral obra en 1922, con motivo del Concurso Nacional de Cante Hondo de Granada, finalizándola en 1924. En ella confluyen todas las claves de la pintura del maestro y del gran simbolista que fue.
Esta equilibrada composición encierra las notas de la lírica popular andaluza, de una poesía fruto del paso de los siglos y de las distintas civilizaciones que la fraguaron.
En torno a la figura central, mujer y símbolo de la fatalidad, giran todos los sentimientos y pasiones del hombre: el amor, los celos y la muerte. La mantilla da a la figura cierto toque de erotismo, jugando entre la ambigüedad de lo sagrado y lo profano. Sobre sus manos sostiene una guitarra que sirve de eje de simetría, al tiempo que se eleva sobre un pedestal de platería cordobesa mezclado con angelotes barrocos. A sus pies tiene lugar una escena en la que el amante loco de amor, acuchilla y mata a navajazos a la mujer que quiere. A su derecha, se besan una pareja de enamorados y, tras ella, una joven yace muerta en un ataúd, mientras, a cada lado, sus hijos lloran sobre el féretro y su galgo Pacheco aúlla de dolor. Esta última escena parece preludiar la muerte del pintor. Cada una de las escenas transcurre de un modo independiente, a la manera de un retablo, al tiempo que todas juntas crean una sensación de armonía. Al fondo, bajo un cielo de tempestad, observamos un paisaje imaginario y miniaturista.
La poesía popular que está presente en este “Cante Hondo”, ni gitana, ni flamenca, sino andaluza, es el resultado de las canciones y músicas árabes en las que viven influencias de las distintas civilizaciones mediterráneas.
