Este lienzo forma parte del grupo de retratos de similares características que Romero de Torres ejecuta entre 1927 y 1928, denominados “chiquitas buenas”, en los que el rostro de una mujer atrapada en un fondo neutro se convierte en objeto de representación.
No se trata de una obra de encargo, sino es el autor el que ha seleccionado a la modelo, caracterizada esta por una belleza popular, alejada de los estándares de bella clásicos, si bien es representante de un arquetipo de mujer realista propio de la pintura social.
La protagonista de la composición es Asunción Boué, modelo que ya posó para el pintor en otras obras: Cante Hondo (1924), Salomé (1926) y Naranjas y limones (1927).
