La copla ocupó un papel importante en la producción del pintor y fue abordada desde diferentes perspectivas y géneros. Es por ello que encontramos en su galería de retratos femeninos a bailaoras y cantaoras como Pastora Imperio, La Niña de los Peines, La Argentinita, Julia Borrell o este de la bailaora sevillana Conchita Triana. Retratos todos estos cargados de sentido social, cultural, psicológico, simbólico y popular.
Para el retrato de Conchita Triana, firmado en 1924, mantiene un esquema compositivo que había replicado anteriormente con el que revisa a los maestros del renacimiento italiano, pintura por la que sentía especial admiración. Sitúa a la bailaora en un interior en primer término, desplazada a un lateral, sentada de perfil hacia la derecha sobre un taburete con un gran cojín de seda y rostro girado a la izquierda. Al fondo se abre una puerta que deja ver a lo lejos un paisaje de tormenta con una personal representación de la iglesia de San Lorenzo.
La bailaora va vestida siguiendo la moda del momento: con un vestido y medias de seda beige y zapatos de tacón, que nada evocan la estética flamenca. Incluso la pose es contraria al arte de la protagonista, de brazos y pies cruzados, que potencia el estatismo de la figura. Si bien, la copla se evidencia en el rostro, el peinado y en los pendientes que la decoran.